Una de las palabras clave que están en boca de psicólogos, psiquiatras y divulgadores es “bienestar”. Este concepto que entendemos todos como una evocación hacia sensaciones de sosiego, tranquilidad, calma, ecuanimidad… se hace muy escurridizo a la hora de visibilizar y sobre todo de practicar el bienestar en nuestro día a día. El bienestar es un elemento necesario para el desarrollo personal y de palanca de cambio hacia una vida más plena y satisfactoria.
La administración pública también se ha sumado a esta ola de “bienestar” para aplicarla a los centros educativos. Pero el sosiego, tranquilidad, calma y ecuanimidad que requieren los centros educativos para el bienestar de toda la comunidad se pervierte en el momento que se exige “bienestar” a golpe de programa, proyecto o protocolo a los equipos de profesorado.
Así la realidad en los centros educativos dista mucho de esa materialización del concepto. La tranquilidad, el sosiego y la calma no suelen ser elementos que acompañen las dinàmicas escolares especialmente en estos momentos de sobreestimulación informativa, tecnológica y burocrática que comportan situaciones que requieren de la atención y actuación de los profesionales de la educación con rapidez y eficiencia. Pero las prisas no suelen ser buenas consejeras especialmente en algo tan intangible como el aprendizaje.
El tiempo en educación se ha convertido en un elemento clave. Una gestión del tiempo en los centros educativos obliga a los docentes a priorizar siempre lo urgente, generalmente vinculado a tareas de gestión administrativa o de control, obliga a actuar de forma reactiva. Lo importante queda relegado al “más adelante” que en muchas ocasiones no llega. Esta situación no favorece el bienestar personal ni colectivo puesto que se tiene la sensación de que no se alcanza aquello que realmente importa y se olvida el propósito primigenio de lo que es esencial en educación.
Poner el foco en aquello que es importante, requiere de tiempo de reflexión individual y de reflexión conjunta, de conversaciones, de compartir miradas, de tejer confianzas y de generar un espacio compartido por parte de la comunidad educativa y especialmente de los profesionales de la educación. La satisfacción de sentir que aquello que realizas tiene un impacto positivo en el aprendizaje de un alumno y de acompañar su proceso de crecimiento personal también genera una sensación de tranquilidad y ecuanimidad acerca de lo realizado por parte de los profesionales docentes.
Así pues, la pedagogía del bienestar tiene mucho que ver con el equilibrio entre las múltiples relaciones en las que estamos inmersos los seres humanos con otros pero también con uno mismo. Y eso se hace especialmente visible en una organización compleja como puede ser cualquier institución educativa.


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